NI UNO MÁS, NUESTROS HÉROES DEL CORONAVIRUS

#NuestrosHéroes @patriciapeyro

Apenas terminaba de señalar la opción más adecuada para esa consulta concreta, según el despliegue de la aplicación, Laura volvió a coger el móvil para descubrir otras 24 notificaciones de WhatsApp.  Aquello no podía ser. Así no había forma de trabajar.  En cualquier caso, decidió responder, para no empeorar las cosas.  O creyendo que así se calmarían un poco.

  —Perdona, que estaba en una llamada. Dime.

  —Bueno, pues por lo menos avisa, joder—respondió Daniel—, que no paras de dejarme colgado.

  —Colgado no, es que ahora no puedo. Estoy trabajando y me entran llamadas constantemente—. Hizo una pausa para mirar la gestión de la última incidencia, comprobando que ya estaba correctamente derivada al Summa de Urgencias. Aquello tenía muy mala pinta y sin duda requería la atención directa de un médico—. ¿Qué quieres?—le increpó—. Venga, dime. Antes de que me entre otra llamada.

  —Pues te acabo de mandar como 20 mensajes, ¿o no los has leído?

  —Pues no, y no los voy a leer. Tengo trabajo. Además, muchas veces son casos graves. Gente muriéndose.  ¿O es que no lo entiendes? Venga, que en media hora hago una pausa y te llamo— trató de resolver en tono conciliador.

  Dicho esto, tiró el móvil dentro del cajón para poder centrarse.  Ya estaba bien de tantas contemplaciones.  Que no era un niño, coño.  Ya podía entender las cosas y conocer cuáles eran las prioridades en cada momento.

  La media hora se tornó primero en una hora, luego en dos y luego en tres.  Los minutos iban, suma y sigue, consumiéndose en cada una de las llamadas que atendía en el 900 102 112, el teléfono creado expresamente por la Comunidad de Madrid para información y consulta del Covid-19.  La mayoría de las veces le entraban las llamadas derivadas de la primera locución y que requerían, presuntamente, atención urgente.

  Y había de todo.  Es verdad que había mucha gente que daba la tabarra, empeñada en hacerse el test del coronavirus, cuando claramente no lo necesitaban (“Sí, pero, ¿y si soy de los asintomáticos?”, insistían), pero otras veces sí que había casos muy graves, y no sólo de coronavirus. Ese día, por ejemplo, había recibido dos infartados, un accidente de tráfico y dos decesos, presumiblemente por coronavirus.

Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba a punto de terminar su turno.  Y ni le había devuelto la llamada ni había mirado el móvil, el cual comprobó entonces con estupor, tras leer en vertical los últimos mensajes.

    —Tú a mí no me chuleas así, ¿eh?

   —¿De qué me ignoras tú a mí, niñata? ¿quién te crees que eres?

  —Te digo que quedemos después del trabajo y ni contestas

  —¿A ti te parece normal?

  —Tú que tienes coche y puedes salir, te puedes venir en un momento a casa

  —Así arreglamos las cosas y por lo menos nos vemos

  —Yo no puedo salir.  Me trincan seguro

  —Bueno, ¿te vienes o qué?  A partir de las doce de la noche ya hay muchos menos maderos por la calle.

  Laura cerró los ojos y apretó los dientes tratando de respirar dentro del infierno psicológico que se había desencadenado en su vida coincidiendo con el estado de alarma y el dichoso Covid.  Antes todo era maravilloso -Daniel era maravilloso-. Pero ahora, era como si se hubiera vuelto loco; un puto demonio.  Quería pensar que era el mismo hombre que la conquistó hace seis meses, pero ya no la dejaba ni trabajar.

  Aquello comenzaba a parecerse peligrosamente a aquellas historias que había oído de “amigas de amigas”, y que nunca terminaban bien.  De esas que salen en las noticias. Y le quería dejar, pero, ¿y si le hacía algo?   Sinceramente, comenzaba a tener miedo, aunque en su fuero interno elegía pensar que era una exagerada y que había visto demasiadas películas.

  A diez minutos de cerrar el sistema para dar paso a su compañera, que estaba a punto de llegar, le entró otra llamada.

  —¿En qué puedo ayudarle?—contestó Laura, con la pregunta de rigor.  Para su sorpresa, le respondió una voz infantil a la que no echaba más de once ó doce años.

  —Necesito ayuda.  Mi abuelo se acaba de morir y mi madre está con él en la habitación—el pequeño hizo una pausa ahogando un sollozo antes de continuar—. Tengo miedo—gimió—, mi padre le ha pegado una paliza porque dice que se ha muerto por su culpa.

  Todo esto lo decía hablando bajo, como para que no le oyeran.  Su voz trémula, unido a la dificultad de escucharlo con claridad, hicieron que la imaginación de Laura volara hacia la escena de un niño atemorizado llamando a escondidas.  Su cerebro hizo click despertando conceptos como “violencia de género”, “maltrato”, o “abuso infantil”.  Y, aunque no estaba muy segura de estar preparada atender correctamente ese tipo de llamada, porque el protocolo formativo no era tan específico, haría lo imposible para poner al niño a salvo.

  Mientras contactaba internamente con su supervisora para recibir apoyo y gestionar adecuadamente la situación, decidió que, mientras en su mano estuviera,  no permitiría ni un caso más de violencia de género. Ni mucho menos el suyo.

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