
Por Patricia Peyró @madridmuychic
Con una carta concebida para compartir, Chicote apuesta por una cocina que define como «fácilmente reconocible, basada en el recuerdo y apetitosa», lo cual da idea de que encontraremos sabores que nos son familiares y nos evocarán experiencias positivas. Buena parte de ella está compuesta por mini-brochetas de diferente naturaleza, en su mayoría cocinadas en una parrilla de carbón, y a la vista del cliente, emulando una taberna japonesa de teppanyaki, pero manteniendo su propia identidad y, sobre todo, un carácter marcadamente mediterráneo.
Destaca la desenfadada modernidad del local, que rompe con los esquemas clásicos y nos obliga a sentarnos con desconocidos, salvo que vayamos en un grupo de seis personas y con reserva. La idea no es nueva y es la tendencia que ya marcaran sitios en su día rompedores como Bar Tomate, Olivia te cuida y Maricastaña. Sin embargo, está dando mucho que hablar y no es del gusto de todo el mundo, algo que quizá tenga que ver con la mera ergonomía del mobiliario y no tanto con el contÍnuo en el que todos nos movemos de sociabilidad-antisociabilidad.
Un personal impecablemente uniformado y al estilo rompedor de Chicote, que esta vez aparca los colores y los estampados vivos para irse al un mono militar que resalta la figura de camareros y cocineros esbeltos y que siempre procuran, con mayor o menor éxito, agradar al cliente. Tienen buenos gestos con el cliente, como el agua en garrafas y gratis, sea con o sin gas. (¡Eso sí que es nuevo!) Algunos detalles menos buenos son el poco sitio de las mesas, que merman aún más con un espacio en forma de hendidura en la que se meten botellas y hielo.


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Pintón total la carta
Está muy bien para ir en plan informal. Un poco casi fast food pero en bien y con un local chulo.